El pasado lunes, tras el drama vivido por el asesinato por violencia de género en el pueblo de Valga, donde un hombre mataba a tiros a su expareja, su excuñada y exsuegra delante de sus hijos de 4 y 7 años, volvíamos a sumar otra víctima por violencia machista. La número 41 en lo que llevamos de 2019. Aquí sólo se contabilizan las víctimas que eran pareja, sin contar a las otras dos mujeres y por supuesto, a los niños que presenciaron la escena. Psicológicamente la violencia de género está haciendo un daño directo en los niños y niñas que quedan huérfanos o que viven esta situación de violencia en sus familias.

Los niños y las niñas. Víctimas de la violencia de género.

Los menores que viven la situación traumática de diferentes modos y perciben la violencia machista a sus seres queridos, sufren un daño psicológico directo. Los pequeños pueden verse afectados de diversas maneras, ya sea presenciándolo directamente o escuchándolo a través de sus hermanos mayores sufriendo de forma cotidiana los efectos que la violencia causada en su familia o con el contacto con el padre agresor. Viven de forma continuada un ambiente familiar de miedo y abuso. Así las cosas, viven un clima emocional de ansiedad y temor. 

En consecuencia, viven el «ciclo de la violencia» completo junto a sus madres. Primero tensión o miedo, después violencia y finalizará con la manipulación. Viven el horror junto a sus madres, pasando por estados de posicionamiento donde los menores sufrirán ante el hecho de «proteger o ayudar a mamá» (donde con elevada probabilidad sufrirán un maltrato directo) o el permanecer estáticos ante el miedo de las consecuencias de su actuación. Esto provoca un estado de angustia muy elevado en los pequeños y de culpa, por no ser capaces de detener la violencia.

Tras esta fase, viene la reconciliación o manipulación con idealización de que la familia vuelve a ser «normal». Estos hechos al ser continuados, generan un estado de alerta continuo y una perspectiva de indefensión ante el futuro.  Si la madre ha podido reunir los recursos y valor suficientes para poder separase del padre agresor, esta angustia para los niños no finaliza puesto que deben continuar con las «visitas» al progenitor.

Miedo, angustia y culpa.

Estos tres estados emocionales son los que nos vamos a encontrar de forma general y tremendamente llamativa en los niños de familias donde se ha sufrido maltrato por violencia de género.  Como es lógico suponer, esto va a traer consecuencias en la salud psicológica y física de los menores. Las consecuencias se van a mostrar en varios niveles como son el conductual, emocional, social, educativo y afectivo, entre otros; que incidirán directamente en su autoestima.

Es crucial la intervención psicológica en estos niños para garantizar que su capacidad de resiliencia prevalezca para poder adaptarse con garantías a una vida plena y saludable.

Ni una más, ni una menos.

Maribel Manso

Emerge Psicólogos