Ayer domingo 11 de Marzo, cuando todos teníamos en la retina de nuestra memoria los atentados de Atocha en Madrid y el horror, la prensa nos comunica pasado el mediodía una de las noticias más tristes para una madre. El pequeño “Pescaíto” almeriense Gabriel, de 8 años de edad, finalmente es hallado muerto tras días de angustia y desesperación para sus padres y familiares. Toda España tiene el corazón roto y todas y cada una de las madres empatiza con las emociones de Patricia, su madre. Nos preguntamos cómo se afronta la muerte de un hijo.

La muerte de un hijo es sin lugar a dudas la pérdida que se siente como más dolorosa y lacerante. Un dolor que probablemente va más allá de lo imaginable por su condición de ir “contra natura”, sin bálsamos. Angela Miller, desde su sensibilidad como madre y escritora, ha sabido reflejar con claridad la intensidad de ese dolor en algunos de sus textos, especialmente en el artículo “Siete cosas que he aprendido de la pérdida de mi hijo”, que en un día de corazones rotos como hoy, hemos sintetizado y queremos compartir con todos vosotros.

“El amor nunca muere”

El amor de padres a hijos es incondicional, el vínculo y el sentimiento es el mismo que para los padres que no tienen ese duelo. Es por esto que al igual que las demás familias que no sufren esa pérdida, nombran y escuchan el nombre de sus hijos, para los padres de hijos fallecidos se hace también necesario.

“Los padres en duelo comparten un vínculo indescriptible”

Sin importar las circunstancias, quiénes son, o de dónde proceden, no hay mayor vínculo que la conexión entre padres y madres que sufren la agonía de soportar la muerte de un hijo. Es un dolor que se sufre durante toda la vida, aunque por desgracia, es tan profundo y amplio, que no siempre las parejas pueden continuar siéndolo.

“Es un duelo para toda la vida”

Es claro y contundente. No existe un modo de superar el dolor por la muerte de un hijo. El dolor dura para siempre, porque el amor es para siempre.

La pérdida de un hijo no es un evento finito, sino una pérdida continua que se despliega minuto a minuto a lo largo de toda la vida, y que es recordada por cada evento, por cada circunstancia vital, por cada hito de crecimiento que ya no será y que pudo haber sido.

“Entras a un club lleno de almas brillantes”

Es horrible pertenecer a él, desde luego, pero una vez dentro es de justicia valorar que está lleno de grandes personas, y compartir esa luz y esa fuerza que reconforta.

Es admirable ver cómo transforman su dolor en una fuerza incomparable, convirtiendo su tragedia en un legado de amor incondicional y en una vocación que genera verdaderos profesionales de ayuda y guerreros valientes.

“El vacío nunca es menos vacío”

Perder un hijo deja un vacío que jamás podrá llenarse. Ni siquiera el tiempo ayuda. Es y será siempre un espacio que falta en nuestras vidas, en nuestras familias y en nuestros corazones.

“De la tristeza más profunda a la más completa felicidad”

Precisamente por haber entendido y soportado la tristeza más profunda y desgarradora es posible acercarse a la felicidad más completa. Angela Miller lo expresa contundentemente:

“Aunque voy a llorar la muerte de mi hijo para siempre, esto no significa que mi vida carece de alegría y felicidad. Muy al contrario. De hecho, y a pesar de que me tomó un tiempo llegar a este punto, mi vida es mucho más rica ahora. Yo vivo cada experiencia desde un lugar más profundo”.

Dedicado a Patricia la madre del “pescaíto” Gabriel y a Raquel la madre del “faro que la guía” Daniel.

Maribel Manso. Emerge Psicólogos.


Fuente Psicopedia y “Siete cosas que he aprendido de la pérdida de mi hijo” de Angela Miller.