Todos, sin excepción, por muy buenos que hayan sido nuestros padres, sufrimos una serie de heridas en la infancia, en nuestro desarrollo evolutivo. Estas heridas, van a causar unas defensas en nuestro carácter para poder funcionar en la vida adulta. Las defensas de nuestro ego, se desarrollan como un intento de tapar o sepultar esas heridas. A menudo en consulta, observamos cómo la persona oculta su dolor mas profundo, no quiere conectar con él. Preferimos agarrarnos a lo que hemos estado haciendo desde siempre, lo que llamamos, el guion de vida.

Cuando el niño es pequeño, se enfrenta a situaciones que le provocan inseguridad. Depende por completo del cuidado y afecto de sus padres, pero inevitablemente, los padres, FALLAMOS, es mas, diría, DEBEMOS FALLAR.

 

¿CUÁLES SON LAS HERIDAS DE LA INFANCIA?

 

Herida de abandono:

Son muchas las situaciones que pueden generar esta herida. La mas común sería un abandono real por la madre/padre, por ejemplo, niños abandonados o dados en adopción. Pero no es necesario que haya un abandono real. La herida puede surgir de múltiples formas (me dejan con los abuelos, separaciones por enfermedad de los padres, nacimiento de un hijo menor con lo que otro se ocupa de mi etc.).

Esta herida se manifiesta normalmente con un pensamiento del niño de «me han abandonado porque no soy bueno» y la manera de resolver este hecho es «para que me quieran tengo que ser bueno». A raíz de esta herida surge el comportamiento del niño bueno que desarrolla el mandato COMPLACE. Esto genera en la edad adulta diversos problemas asociados con la autoestima, ya que siempre pienso en los demás primero, no me doy mi lugar, me dedico a dar y nunca me devuelven lo que yo necesito. Sigo recreando el abandono.

Herida de rechazo:

El niño vive una situación hostil donde los padres están en un ambiente de tensión/ agresión. En casa se juegan dos papeles fundamentales: agresor/víctima. El niño a veces se siente aceptado, mirado, querido y otras veces se siente rechazado de forma hostil sin entender muy bien el porqué.

El dolor de rechazo se oculta normalmente con la defensa de el niño rebelde. El niño, para ocultar su sensación de fragilidad, desarrolla un SE FUERTE. En la edad adulta son personas que no se dejan expresar emociones profundas por miedo a que les hagan daño. Suelen abrirse con muy pocos y siempre están alerta para defenderse. Esta herida también puede generar el contrario, es decir, el niño sumiso que irá buscando en la vida recrear la víctima con la que se ha identificado. Son niños propensos a sufrir acoso escolar y en la edad adulta tienen dificultades para encontrar relaciones de respeto e igualdad.

Herida de la indiferencia:

No existe nada peor que no ser mirado. El niño que vive esta situación de privación emocional, se desarrolla sintiendo que no es importante, que no existe. Son niños URNA perdidos en sí mismos, sin saber quiénes son. El mensaje recibido es NO EXISTAS y, como consecuencia, suelen ser personas que no viven mucho, les cuesta tomar la vida. El trabajo terapéutico en estos casos es crucial, ya que la vida para ellos, peligra.

Es importante identificar cuáles son nuestras heridas y en consecuencia, de qué nos defendemos. En terapia, viajamos a esas situaciones infantiles para resolver esos viejos conflictos, para sanar esas heridas y sentirnos libres para ser quiénes somos realmente.


Mariam Mascías. Emerge Psicólogos