La famosa “espada de Damocles” se remonta a una antigua parábola moral popularizada por el filósofo romano Cicerón en su libro “Disputaciones Tusculanas”, del 45 a.C. La historia se centra en Dionisio II, un rey tiránico que gobernó la ciudad siciliana de Siracusa en el siglo IV a.C.

La espada de Damocles

Aunque era rico y poderoso, Dionisio era sumamente infeliz. Su mano de hierro le había granjeado muchos enemigos y estaba atormentado por el miedo a ser asesinado, tanto que dormía en un dormitorio rodeado de un foso y sólo confiaba en sus hijas para afeitarse la barba con una navaja.

Como dice Cicerón, la insatisfacción del rey llegó a su punto culminante un día después de que un adulador de la corte llamado Damocles le elogiara y comentara lo dichosa que su vida debía ser.

– Dado que esta vida te encanta (respondió Dionisio enfadado), ¿quieres degustarla tú mismo y probar mi buena fortuna?

Cuando Damocles estuvo de acuerdo, Dionisio lo sentó en su dorado trono y ordenó a una multitud de sirvientes que le agasajaran. Se le mimó con suculentas carnes, licores, perfumes maravillosos y ungüentos. Damocles no podía creer su suerte, pero justo cuando empezaba a disfrutar de la vida de un rey, notó que Dionisio había colgado una espada afilada desde el techo.

Estaba colocada sobre la cabeza de Damocles, suspendida sólo por una fina hebra de crin. A partir de entonces, el temor del cortesano por su vida le impidió saborear la opulencia de la fiesta y disfrutar de los sirvientes. Después de lanzar varias miradas nerviosas a la hoja que colgaba sobre él, pidió ser excusado, diciendo que ya no deseaba ser tan afortunado.

Para Cicerón, la historia de Dionisio y Damocles representaba la idea de que “no puede haber felicidad para quien está bajo constantes temores”.

El miedo a la recidiva oncológica

Habitualmente después de superar un cáncer, los pacientes viven en un constante temor de volver a padecerlo, de que una recidiva de la enfermedad aparezca aún cuando la persona está en una auténtica remisión de la misma. Es cuando en Psicooncología utilizamos el término de la “Espada de Damocles”.

Y bien, ¿cómo se puede vivir con ese constante temor? A veces en consulta me comentan, “si vuelvo a pasar por lo mismo, prefiero morirme”, “no sería capaz de afrontar más quimioterapia”, “no podría soportar volver a contar a mis hijos por qué no tengo pelo”… Obviamente un diagnóstico de cáncer impacta de una forma muy significativa a nivel emocional y vital en el momento de recibirlo, marcando claramente un antes y un después en la vida de la persona.

Durante el tratamiento, a pesar de la dureza del mismo, el paciente está haciendo “algo” por curarse, un equipo médico está detrás, su entorno y familia están más pendientes, pero en el momento en que el oncólogo dice “va todo bien, nos vemos en 6 meses”, el paciente se queda sólo, con una sensación de temor, incertidumbre e indefensión que genera grandes dosis de ansiedad y miedo a la posible recaída.

Esta sensación se puede ver acrecentada ante determinados “disparadores” como pueden ser las pruebas médicas de las revisiones, un olor o un sabor tan condicionados durante la quimioterapia, un cumpleaños o aniversario, una muerte de alguien cercano… y esa espada es especialmente afilada cuando la vulnerabilidad se percibe como mayor, es decir, cuando la enfermedad ha aparecido siendo joven (asociamos la enfermedad a personas mayores porque es lo evolutivamente más aceptable), cuando ha fallecido algún miembro cercano de la familia por la misma enfermedad, cuando se tienen hijos pequeños…

¿Cuándo buscar ayuda?

Todo este proceso psicológico es normal cuando no condiciona nuestra vida, cuando no nos imposibilita a llevar a cabo nuestro día a día. El miedo es evolutivamente adaptativo. En este caso nos hace estar más alerta ante posibles signos nuevos de la enfermedad, nos ayuda a escuchar a nuestro cuerpo y a interpretar las señales, pero ¿cuándo debemos buscar ayuda? Los expertos han descrito este fenómeno a través de cinco características básicas:

  1. Altos niveles de preocupación y pensamientos de rumiación intrusivos.
  2. Desadaptación, en el sentido de no poder hacer vida normal (déficit de atención).
  3. Interferencias en la concentración y pensamientos negativos (preocupación constante).
  4. Malestar (agitación, sudoración, taquicardia, palpitaciones, terrores nocturnos).
  5. Dificultades para hacer planes de futuro.

Controlar el miedo

Cuando estas o algunas de las características aparecen, ¿qué podemos hacer para controlar el filo de la espada? Pues bien, háblalo con tus personas de confianza, gana seguridad sabiendo que haces lo que debes en tus revisiones quitándole espacio a la incertidumbre, confiando en tu equipo sanitario; practica ejercicios de respiración y autocontrol como la detención del pensamiento y no dudes en acudir a un psicooncólogo. Estamos para ayudarte.


Maribel Manso. Emerge Psicólogos.